El 25 de setiembre del ’92, la tapa de Clarín era una fiesta: la obscena carcajada del pampeano Jorge Matzkin celebraba entre abrazos la venta de YPF. Fue la marca de una época, la imagen de un ciclo.
En estas horas, y a tono con otras de sus decisiones centrales, el Gobierno Nacional anunció la histórica medida que representa el fin de esa época: YPF vuelve a ser de los argentinos. La tapa de Clarín ya no es una fiesta.
Por eso mismo estaría bueno que -de paso, para gambetear el estilo menemista de la pizza con champán- los filooficialistas supieran bajar el volumen del tono festivalero con el que se recepcionó el anuncio.
Mucho más oportuno que las berretas referencias al “aguante”, las cargadas a los españoles, o el sarcasmo resentido, sería plegarse a las líneas que bajó la propia presidenta Cristina Fernández de Kirchner, que mostró cierta autocrítica y revisionismo, puso el acento en el desafío que se viene y advirtió sobre la necesidad de dotar de profesionalismo a los cuadros técnicos de la empresa (lo que de ningún modo significa dejar decisiones que deben ser políticas en manos de tecnócratas).
SINTONÍA FINA. Lo que puede ir aclarando la expropiación de YPF -que viene de la mano con la declaración de la “soberanía hidrocarburífera”- es de qué se trata la “profundización del modelo”, sobre todo tras las dudas generadas por la postura del Gobierno Nacional frente a la megaminería, con el recorte de subsidios o con el Caso Boudou.
Con esta decisión, asoman de modo más visible quiénes pueden ser los afectados por esa profundización del modelo. Se orejea qué es “la sintonía fina”.
En ese escenario resulta fundamental -como siempre, pero más que nunca-distinguir lo central de lo accesorio; lo principal de lo secundario; la cuestión de fondo del conventillo.
Eso no inhabilita, desde ya, preguntas necesarias incluso en el pago chico. Por ejemplo: ¿cómo es que los mismos personajes que vendieron como fanáticos el discurso neoliberal, endiosaron al mercado, impusieron la Ley Federal de Educación, ahora asoman como referentes de lo nacional y popular?
LOS UNOS... Pero la decisión es tan grande que, como ya ocurrió con algunas otras de los últimos años, parten el panorama político y de intereses prácticamente en dos bandos: o se está de un lado o se está del otro.
En ese sentido, y pese a momentos de una mirada tan necia que llevaron a determinados espacios políticos prácticamente a la marginalidad, es saludable que sin medias tintas hayan dado su respaldo los socialistas, los semi-aliados “independientes” del centroizquierda o dos dirigentes que desde hace años militan en la idea de una YPF estatal, como Claudio Lozano o Pino Solanas, que tan bien pintó esta historia en su monumental “Memorias del Saqueo”.
Se supone que el radicalismo -aún en la diletancia que lo caracteriza- tiene una chance de resarcirse de sus peores horas y honrar lo mejor de su historia, y no es azaroso que la presidenta haya mencionado en su discurso a Hipólito Yrigoyen.
...Y LOS OTROS. Del otro lado, muy claramente, están el gobierno español de derecha, el retrógrado Mauricio Macri, las tapas de Clarín y La Nación, el Fondo Monetario, los grandes empresarios que agitan el fantasma de la “inseguridad jurídica” (el establishment).
También hay una porción social que insiste en poner lo secundario sobre lo principal, y reniega de una estatización porque supone que el fin último de un proceso de ese tipo es la corrupción.
Hay sectores muy mal dispuestos a que “se roben todo”, sobre todo cuando lo hacen “los peronistas”, y en cambio admiten hasta con gusto que el saqueo lo concreten multinacionales, grandes empresarios locales o estados “de primer mundo”.
DIEZ TRANSFORMACIONES. Desde el año 2003 en que llegó al Gobierno Nacional, y antes de YPF, el kirchnerismo tomó al menos diez medidas -por elegir un número redondo, casi caprichosamente- que significaron grandes transformaciones, amén de otras menos contundentes pero que también sirvieron para reformular el viejo estado de las cosas: el impulso a las condenas a los genocidas, la reforma de la Corte Suprema de Justicia, la decisión de no reprimir la protesta social, el despegue de las órdenes del FMI, la estatización de las jubilaciones, la sanción de la Ley de Medios, la Asignación Universal por Hijo, el incremento del presupuesto educativo y la jerarquización de los científicos, la sanción de la Ley de Matrimonio Igualitario, la reforma de la Carta Orgánica del Banco Central.
Todas esas transformaciones -todas- fueron claramente en un sentido, que es el que ha puesto de los pelos a grandes corporaciones económicas y a veces, incluso, a referentes paradigmáticos de la corporación política.
EL RUMBO. Cualquier análisis de esas grandes medidas transformadoras, bien mirado, marca el rumbo del Gobierno.
En ese camino hubo (hay) contradicciones, tibiezas, agachadas, miserias y alianzas lamentables.
Se puede hoy mismo -desde ya- patalear porque algunos de los actores hoy tan estatistas fueron privatistas; se puede señalar todo lo que el Gobierno hizo mal en materia energética en estos años; hasta se puede reclamar, como en una fantasía que permitiera el juego de una máquina del tiempo, por qué esta decisión no se tomó antes.
Bien. Todo eso es secundario, todo eso es accesorio. Lo principal, la cuestión de fondo, es que YPF -herramienta estratégica- ha vuelto a manos de los argentinos, y que se abre una tarea gigantesca, a tono con otras de este tiempo, en que la alianza con los países de Latinoamérica también es punto central y no mera anécdota.
La expropiación de YPF no sólo es plegarse a una bandera clásica de los movimientos nacionales y populares, sino ratificar el mejor rumbo de este gobierno de Cristina, que con este paso contribuye a proyectarse cada día más claramente como el mejor de la historia del país.