viernes, 13 de julio de 2012

miércoles, 6 de junio de 2012

La tiene adentro


Tierno, en su época del PJ, con Aragonés.
La Sala 3 de la Cámara de Apelaciones Civil rechazó la demanda por daños y perjuicios que presentó el ex ministro y ex intendente Juan Carlos Tierno contra tres periodistas de la revista Lumbre.
Al desestimar la apelación del ex director del BLP, los jueces Jorge Cañón y Mabel Libe de Stock Capella citaron que

Censura y retroceso


La argumentación con la que el presidente de la Cooperativa Popular de Electricidad intentó justificar una suerte de ocultamiento del libro “La Apropiadora” no sólo roza por momentos algo parecido al absurdo, sino que además se constituye en un peligroso antecedente.
Tal como Oscar Nocetti explica, la CPE en los últimos años hizo de la defensa de los Derechos Humanos una bandera concreta, que incluyó la publicación de obras literarias que van en ese sentido.
De ahí que este episodio de censura signifique un claro retroceso.
Suena ridículo pensar que el otorgamiento de una licencia para brindar el servicio de radiodifusión depende de que la CPE tenga o no un juicio en su contra.
Por otra parte, y de acuerdo a lo que se sabe, el Departamento Legal de la CPE no desaconsejó de modo contundente la edición del libro.
A ello debe agregarse que cualquier obra de este tipo supone el riesgo de que a alguien no le guste lo publicado, pero ahora hay más herramientas que protegen la libertad de expresión: ya no existe el delito de calumnias e injurias para casos de interés público, por lo que ni la CPE ni Juan Carlos Martínez pueden ser acusados penalmente por la investigación sobre Ernestina Herrera de Noble.
La CPE parece desconocer que Martínez hace tiempo que ha dado muestras de que su trabajo se basa en el rigor periodístico: como director de “Lumbre” el que lo demandó fue el denunciante compulsivo Juan Carlos Tierno, y esa causa dejó un sello histórico para la provincia, cuando la jueza Verónica Fantini determinó que todo lo publicado sobre el caso era absolutamente veraz y rubricó un fallo que significó un enorme aporte para el avance de la libertad de expresión.
Pero además, hay veces en que las entidades populares deben asumir algunos costos económicos cuando quieren imponer su voluntad política: lo sabe bien Nocetti, a quien en su momento Jorge Matzkin demandó y le ganó un juicio -que pagó la CPE- por hacer declaraciones que en ese momento -independientemente de sus consecuencias- sonaban necesarias en boca del presidente de una institución solidaria.
Con esta decisión -además confusa, enroscada y nacida de un impulso minoritario- la CPE termina haciendo lo que tanto dice rechazar: cediendo por miedo a los deseos de un grupo poderoso, pocos meses después de denunciar que sus libros eran censurados porque no se presentaban formalmente en el stand que La Pampa tuvo en la Feria del Libro.
Lo peligroso es que, tácitamente, en este caso se otorga al Grupo Clarín la potestad de definir la línea editorial de una publicación de la CPE: a partir de este antecedente queda la sensación de que para tocar a algún poderoso hay que tener extrema cautela, pero si el libro de Martínez en vez de investigar a Ernestina ponía bajo la lupa a un personaje menor en lugar de estar cajoneado ya estaría siendo leído por los socios.
No hay ninguna duda de que en todos estos años el papel de Editorial Voces y la decisión de la CPE de ir por un camino significaron un gran avance. Tampoco hay dudas de que este caso de censura es un retroceso. Un gran paso atrás.

No quieren preguntar


Una aclaración previa: Jorge Lanata tiene cosas brillantes y es parte de la historia más rica del periodismo argentino. Eso no se lo quita nada ni nadie. Fundó y dirigió Página/12 y lo llevó por un camino transformador de lo que hasta entonces era la prensa nacional; hizo -entre otras cosas- productos creativos y valiosos, como la revista Veintitrés (que nació siendo Veintiuno) y su programa televisivo Día D.
Después eligió otro sendero: fue actor de teatro de revista; armó el diario “Crítica” y se cagó en la suerte de sus trabajadores; la necedad y ceguera respecto de un gobierno nacional al que odia lo llevó incluso a renegar de la Memoria, Verdad y Justicia frente a los delitos de lesa humanidad.
No es raro, siguiendo ese camino, que terminara donde terminó.
Hoy, más que periodismo, hace un programa de televisión, que no es lo mismo: en su show de La Noche del Domingo -en el canal del Grupo Clarín- nutre su negocio de todo aquello que pueda cubrir de mugre al kirchnerismo. O no está haciendo bien su trabajo o algo anda bien en el país si lo más grave que tiene para “denunciar” es que hay “twitteros” truchos y que la presidenta no llama a conferencias de prensa.
Un tramo del programa del último domingo dio vergüenza: pretender que una manga de estrellitas de la tele que responden a la corporación referenciada por Clarín y La Nación representan a los periodistas no debe ser aceptado así como así por quienes somos trabajadores de prensa.
Con la excusa de que pretenden hacerle preguntas a la presidenta en las inexistentes conferencias, en lo de Lanata se amucharon -entre otros- los “periodistas” Alfredo Leuco, María Laura Santillán, Ricardo Kirschbaum, Joaquín Morales Sola, Silvina Walger, Fernando Bravo, Ricardo Roa, Edi Zunino, Pablo Sirvén, Nelson Castro, Marcelo Bonelli, Marcelo Longobardi, Edgardo Alfano, Magdalena Ruiz Guiñazú, Susana Viau, más algunas caras de TN que ya ni nombre tienen...
Fue, en realidad, un autofestejo. Y madre mía, que nos libren si son estos los que van a defender al periodismo, a los trabajadores de prensa y a los ciudadanos de la censura y de las injusticias...
Desde ya, los funcionarios -incluyendo a la presidenta- tendrían que responder genuinos interrogantes del periodismo y la ciudadanía, también en conferencias de prensa. Aunque de ningún modo eso -responderle a la prensa- puede considerarse una cuestión central en una gestión de gobierno.
Los periodistas, en general, sabemos que las conferencias de prensa no sirven demasiado: la verdadera información se obtiene por otros canales, el verdadero pensamiento de los actores públicos se conoce de otro modo, en otros ámbitos.
En conclusión: lo que hicieron esas estrellitas de la televisión y los medios corporativos anti-K fue una ridícula pantomima, encima en nombre de los “periodistas”.
“Me gustaría preguntarle a la presidenta qué piensa de este programa que estamos haciendo”, dijo antes que nadie Fernando Bravo. ¿Realmente a alguien le parece que la presidenta debe tener un pensamiento sobre ese programa? ¿Eso es interesante para la ciudadanía? ¿Quieren una conferencia de prensa para hacer preguntas como esa?
Uno no puede dejar de pensar en el baile que les daría Cristina si van a una conferencia con planteos de ese tipo... ¡Qué bajito han caído estos personajones que, encima, son presentados como “periodistas”! ¿Qué tenemos que ver los periodistas con esta manga de estrellitas?
Además, mienten: no quieren preguntar, quieren contestar, quieren operar...Magdalena Ruíz Guiñazú lo demostró mejor que nadie: no pudo con su genio y cuando le tocó el turno de hacer su “pregunta”, se desesperó no por preguntar, sino por opinar...
Lanata dijo que “invitamos a gente de todos los medios, ven acá gente de todos los medios”... Otra mentira como un rancho: fueron “gente” de Clarín, La Nación y Perfil. No son “todos” los medios, sino los medios anti-K. Y que se sepa, por ejemplo, no invitaron a nadie de El Diario de La Pampa -ponele- ni a periodistas del interior del país...
Un detalle demostró que no representan a “los periodistas”, sino a la corporación Clarín-La Nación: Magdalena sostuvo una pancarta con la inscripción “no al escrache a los periodistas no oficialistas”. ¿Eso quiere decir que está bien el “escrache” a otros periodistas? ¿No alcanzaba con poner “no al escrache a los periodistas”? Por otro lado: ¿a qué llama “escrache”, exactamente: a que se expongan los intereses que defienden?
“Preguntarle al poder las cosas que hace” -como ilustró Lanata el trabajo de los periodistas- no es únicamente esperar una conferencia de prensa de la presidenta. “Preguntarle al poder” es, también -por ejemplo- preguntarle a Magnetto.
La gran contradicción está en evidencia: como dijo Lanata, hacer periodismo es -entre otras cosas- preguntarle al poder. Pero cuando los que preguntan son estos “periodistas”, en realidad ocurre lo contrario: el que pregunta es el poder.
Esas estrellitas que aplaudían y cantaban como una estudiantina en el estudio del Grupo Clarín no representan a los trabajadores de prensa ni al periodismo: representan al poder de una corporación a la que no le molesta tanto la ausencia de conferencias de prensa, ni la falta de preguntas, como el hecho de que por primera vez en décadas siente que tiene muchas cosas que responder ante el Estado y los ciudadanos.

Rumbo transformador


El 25 de setiembre del ’92, la tapa de Clarín era una fiesta: la obscena carcajada del pampeano Jorge Matzkin celebraba entre abrazos la venta de YPF. Fue la marca de una época, la imagen de un ciclo.
En estas horas, y a tono con otras de sus decisiones centrales, el Gobierno Nacional anunció la histórica medida que representa el fin de esa época: YPF vuelve a ser de los argentinos. La tapa de Clarín ya no es una fiesta.
Por eso mismo estaría bueno que -de paso, para gambetear el estilo menemista de la pizza con champán- los filooficialistas supieran bajar el volumen del tono festivalero con el que se recepcionó el anuncio.
Mucho más oportuno que las berretas referencias al “aguante”, las cargadas a los españoles, o el sarcasmo resentido, sería plegarse a las líneas que bajó la propia presidenta Cristina Fernández de Kirchner, que mostró cierta autocrítica y revisionismo, puso el acento en el desafío que se viene y advirtió sobre la necesidad de dotar de profesionalismo a los cuadros técnicos de la empresa (lo que de ningún modo significa dejar decisiones que deben ser políticas en manos de tecnócratas).

SINTONÍA FINA. Lo que puede ir aclarando la expropiación de YPF -que viene de la mano con la declaración de la “soberanía hidrocarburífera”- es de qué se trata la “profundización del modelo”, sobre todo tras las dudas generadas por la postura del Gobierno Nacional frente a la megaminería, con el recorte de subsidios o con el Caso Boudou.
Con esta decisión, asoman de modo más visible quiénes pueden ser los afectados por esa profundización del modelo. Se orejea qué es “la sintonía fina”.
En ese escenario resulta fundamental -como siempre, pero más que nunca-distinguir lo central de lo accesorio; lo principal de lo secundario; la cuestión de fondo del conventillo.
Eso no inhabilita, desde ya, preguntas necesarias incluso en el pago chico. Por ejemplo: ¿cómo es que los mismos personajes que vendieron como fanáticos el discurso neoliberal, endiosaron al mercado, impusieron la Ley Federal de Educación, ahora asoman como referentes de lo nacional y popular?

LOS UNOS... Pero la decisión es tan grande que, como ya ocurrió con algunas otras de los últimos años, parten el panorama político y de intereses prácticamente en dos bandos: o se está de un lado o se está del otro.
En ese sentido, y pese a momentos de una mirada tan necia que llevaron a determinados espacios políticos prácticamente a la marginalidad, es saludable que sin medias tintas hayan dado su respaldo los socialistas, los semi-aliados “independientes” del centroizquierda o dos dirigentes que desde hace años militan en la idea de una YPF estatal, como Claudio Lozano o Pino Solanas, que tan bien pintó esta historia en su monumental “Memorias del Saqueo”.
Se supone que el radicalismo -aún en la diletancia que lo caracteriza- tiene una chance de resarcirse de sus peores horas y honrar lo mejor de su historia, y no es azaroso que la presidenta haya mencionado en su discurso a Hipólito Yrigoyen.
...Y LOS OTROS. Del otro lado, muy claramente, están el gobierno español de derecha, el retrógrado Mauricio Macri, las tapas de Clarín y La Nación, el Fondo Monetario, los grandes empresarios que agitan el fantasma de la “inseguridad jurídica” (el establishment).
También hay una porción social que insiste en poner lo secundario sobre lo principal, y reniega de una estatización porque supone que el fin último de un proceso de ese tipo es la corrupción.
Hay sectores muy mal dispuestos a que “se roben todo”, sobre todo cuando lo hacen “los peronistas”, y en cambio admiten hasta con gusto que el saqueo lo concreten multinacionales, grandes empresarios locales o estados “de primer mundo”.

DIEZ TRANSFORMACIONES. Desde el año 2003 en que llegó al Gobierno Nacional, y antes de YPF, el kirchnerismo tomó al menos diez medidas -por elegir un número redondo, casi caprichosamente- que significaron grandes transformaciones, amén de otras menos contundentes pero que también sirvieron para reformular el viejo estado de las cosas: el impulso a las condenas a los genocidas, la reforma de la Corte Suprema de Justicia, la decisión de no reprimir la protesta social, el despegue de las órdenes del FMI, la estatización de las jubilaciones, la sanción de la Ley de Medios, la Asignación Universal por Hijo, el incremento del presupuesto educativo y la jerarquización de los científicos, la sanción de la Ley de Matrimonio Igualitario, la reforma de la Carta Orgánica del Banco Central.
Todas esas transformaciones -todas- fueron claramente en un sentido, que es el que ha puesto de los pelos a grandes corporaciones económicas y a veces, incluso, a referentes paradigmáticos de la corporación política.
EL RUMBO. Cualquier análisis de esas grandes medidas transformadoras, bien mirado, marca el rumbo del Gobierno.
En ese camino hubo (hay) contradicciones, tibiezas, agachadas, miserias y alianzas lamentables.
Se puede hoy mismo -desde ya- patalear porque algunos de los actores hoy tan estatistas fueron privatistas; se puede señalar todo lo que el Gobierno hizo mal en materia energética en estos años; hasta se puede reclamar, como en una fantasía que permitiera el juego de una máquina del tiempo, por qué esta decisión no se tomó antes.
Bien. Todo eso es secundario, todo eso es accesorio. Lo principal, la cuestión de fondo, es que YPF -herramienta estratégica- ha vuelto a manos de los argentinos, y que se abre una tarea gigantesca, a tono con otras de este tiempo, en que la alianza con los países de Latinoamérica también es punto central y no mera anécdota.
La expropiación de YPF no sólo es plegarse a una bandera clásica de los movimientos nacionales y populares, sino ratificar el mejor rumbo de este gobierno de Cristina, que con este paso contribuye a proyectarse cada día más claramente como el mejor de la historia del país.

Legitimidad


“Estos son mis principios. Pero si no le gustan tengo otros” (Groucho Marx).
A la hora de ver fantasmas, los escuderos del intendente tiro al aire no son muy creativos: ven una operación “destituyente” en perjuicio de Luis Larrañaga. Y acusan a “los gorilas”.
Mucho más difícil es hacer política, que significa -entre otras cosas- comprender que el jefe comunal, que llegó a su puesto con recortada legitimidad, parece hacer lo posible para rifar el capital político del que se hizo.

Larrañaga es un intendente legítimo porque ganó con el voto de los ciudadanos, más allá de la ridícula acusación de fraude que hizo el Frente Pampeano.
Pero también es verdad que la diferencia en su favor fue exigua, y gracias al arrastre del huracán Cristina. Y fue escasa -hasta con algunas trampas- su victoria en la interna del PJ contra Jorge Lezcano.

No sólo de los votos se nutre la legitimidad: Néstor Kirchner llegó a la presidencia, en 2003, con sólo el 22% de los sufragios, pero se hizo de esa legitimidad a partir de su voluntad política (tuvo en claro qué quería y para dónde iba) y de una serie de medidas populares.
Larrañaga, en cambio, no sólo carece de esa voluntad, que en algún punto es coraje, sino que se va acomodando para donde lo lleva el viento y no sabe si atender sus intereses o lo que le dictan los nuevos tiempos.

Larrañaga hubiera sido un intendente cómodo para los ’90, cuando se vivían otra moda y otra realidad.

Hoy, forzado a acomodarse como “nacional y popular”, no puede con su tendencia genuina: la de ser el representante del establishment local, el intendente de los negocios.

Por algo se definió a sí mismo como “un típico profesional de clase media de Santa Rosa”: está claro lo que eso quiere decir (aunque lo de “clase media” es una metáfora: Larrañaga es millonario).

Habla de incluir pero excluye, habla del Estado y las cooperativas pero ansía privatizar, habla de la participación ciudadana pero la tapa. Va y viene.

Su legitimidad es escasa porque no es “nacional y popular”, pero se hace; porque llegó apadrinado por un líder que huyó el 4 de julio y dejó a todos colgados del pincel; porque se hizo famoso por sus negocios no tan claros con el Estado y porque trascendió como santarroseño cuando construyó un edificio violando las reglamentaciones del municipio que hoy comanda.

Desde ese lugar, con credibilidad recortada, con una trayectoria manchada por las sospechas, es difícil ser autoridad. A Larrañaga sólo le queda el camino de hacerse legítimo escuchando lo que pasa, pero flaco favor le hacen sus “compañeros” si le hacen creer que es víctima de “los gorilas” que lo quieren “destituir”.

Nadie puede pensar seriamente, a esta altura, en que Larrañaga tenga que irse de la Intendencia: eso es una pavada. Pero sí está en discusión qué ciudad pretende construir. Y por ahora está más cerca de los gorilas que de lo nacional y popular.

Aguante el Página/12 de Lanata y aguante el Lanata de Página/12.

El domingo, Lanata lloró porque –parece– ni los actuales hacedores de Página ni la presidenta en el acto formal le dieron el espacio que sin dudas merecía en la celebración por los 25 años del diario.

El papel de Lanata en Página/12 es inolvidable y sustancial: su creatividad, cuando tenía apenas 25 años, estuvo acompañada de una capacidad de laburo que quedaba cada día a la luz, de un empuje que nadie más tenía y al servicio de ideas transformadoras.

El Página/12 de Lanata se convirtió en un diario delicioso, con plumas exquisitas, tapas inolvidables que más que tapas eran posters para la pieza, investigaciones periodísticas como no había en otro lado, una osadía descomunal hasta entonces, y el sostenimiento de una ideología audaz que coincidía con la primavera democrática.

El Página/12 de Lanata fue al periodismo argentino lo que el kirchnerismo para la política nacional: una transformación impensada y sorprendente –de la que además no se puede retroceder–, un paso más allá de los límites que imponía el sentido común, un salto respecto de todo lo que existía, un contagio para los demás (incluso para adversarios o enemigos).

El Página/12 de Lanata despabiló lectores y los hizo conscientes de sus derechos, como el kirchnerismo despabiló ciudadanos.

El Página/12 de Lanata –como el kirchnerismo–nutrió su vitalidad de miradas juveniles, de voces que habían sido olvidadas, de personas y personajes que el establishment relegaba.

Lanata, el mejor Lanata, está en todo eso. Por eso: aguante el Página/12 de Lanata y aguante el Lanata de Página/12.

En todos estos años, Página/12 perdió algunas cosas, pero le quedó su esencia: como en los tiempos de Lanata, es el diario que mejor explica la realidad argentina, el que tiene las ideas más claras, el más joven y el más coherente con su propia historia.

En ese sentido, no hay dudas: Página/12 es más coherente con su historia que Lanata con la suya. Y así como soportó las miopes miradas que lo llamaban “amarillo”, se aguanta hoy las necias voces que lo bautizan “boletín oficial”.

Pero ignorar la pertenencia de Lanata a semejante experiencia periodística es no entender nada. O creer que se puede tapar el sol con las manos. Justamente por ese pasado, esa historia, esa trayectoria, el Lanata de hoy queda empequeñecido como showman frente al grandísimo periodista que fue, y del que obviamente quedan retazos.

Pero Lanata, hoy, prefiere –más que el periodismo– dar espectáculo en el canal de Magnetto. Está en su derecho y tendrá unas cuantas razones para ello.

Igual conserva muchas de las cosas con las que ayudó a forjar Página. Su soberbia, por ejemplo, que lo llevó a repetir el domingo que “a Página/12 lo fundé yo”, como si no supiera que nadie funda un diario por sí solo (del mismo modo en que nadie funde un diario por sí sólo, como le pasó con Crítica).

El domingo dio pena, de verdad, que Lanata rompiera el cartelito de Página/12 que cuidaba desde hace 25 años, como un fetiche cargado de afecto.

Lo hizo mierda para las cámaras de Canal 13 y fue una lástima. O una metáfora. Así como Página/12 prefirió “desaparecerlo”, Lanata se despojó, en ese acto, de lo mejor que le quedaba.