miércoles, 6 de junio de 2012

Aguante el Página/12 de Lanata y aguante el Lanata de Página/12.

El domingo, Lanata lloró porque –parece– ni los actuales hacedores de Página ni la presidenta en el acto formal le dieron el espacio que sin dudas merecía en la celebración por los 25 años del diario.

El papel de Lanata en Página/12 es inolvidable y sustancial: su creatividad, cuando tenía apenas 25 años, estuvo acompañada de una capacidad de laburo que quedaba cada día a la luz, de un empuje que nadie más tenía y al servicio de ideas transformadoras.

El Página/12 de Lanata se convirtió en un diario delicioso, con plumas exquisitas, tapas inolvidables que más que tapas eran posters para la pieza, investigaciones periodísticas como no había en otro lado, una osadía descomunal hasta entonces, y el sostenimiento de una ideología audaz que coincidía con la primavera democrática.

El Página/12 de Lanata fue al periodismo argentino lo que el kirchnerismo para la política nacional: una transformación impensada y sorprendente –de la que además no se puede retroceder–, un paso más allá de los límites que imponía el sentido común, un salto respecto de todo lo que existía, un contagio para los demás (incluso para adversarios o enemigos).

El Página/12 de Lanata despabiló lectores y los hizo conscientes de sus derechos, como el kirchnerismo despabiló ciudadanos.

El Página/12 de Lanata –como el kirchnerismo–nutrió su vitalidad de miradas juveniles, de voces que habían sido olvidadas, de personas y personajes que el establishment relegaba.

Lanata, el mejor Lanata, está en todo eso. Por eso: aguante el Página/12 de Lanata y aguante el Lanata de Página/12.

En todos estos años, Página/12 perdió algunas cosas, pero le quedó su esencia: como en los tiempos de Lanata, es el diario que mejor explica la realidad argentina, el que tiene las ideas más claras, el más joven y el más coherente con su propia historia.

En ese sentido, no hay dudas: Página/12 es más coherente con su historia que Lanata con la suya. Y así como soportó las miopes miradas que lo llamaban “amarillo”, se aguanta hoy las necias voces que lo bautizan “boletín oficial”.

Pero ignorar la pertenencia de Lanata a semejante experiencia periodística es no entender nada. O creer que se puede tapar el sol con las manos. Justamente por ese pasado, esa historia, esa trayectoria, el Lanata de hoy queda empequeñecido como showman frente al grandísimo periodista que fue, y del que obviamente quedan retazos.

Pero Lanata, hoy, prefiere –más que el periodismo– dar espectáculo en el canal de Magnetto. Está en su derecho y tendrá unas cuantas razones para ello.

Igual conserva muchas de las cosas con las que ayudó a forjar Página. Su soberbia, por ejemplo, que lo llevó a repetir el domingo que “a Página/12 lo fundé yo”, como si no supiera que nadie funda un diario por sí solo (del mismo modo en que nadie funde un diario por sí sólo, como le pasó con Crítica).

El domingo dio pena, de verdad, que Lanata rompiera el cartelito de Página/12 que cuidaba desde hace 25 años, como un fetiche cargado de afecto.

Lo hizo mierda para las cámaras de Canal 13 y fue una lástima. O una metáfora. Así como Página/12 prefirió “desaparecerlo”, Lanata se despojó, en ese acto, de lo mejor que le quedaba.

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